Una de las estrellas más grandes de la canción, creció sin un solo abrazo, rodeada de animales y soledad, lo que ella misma describió como «un desierto de afecto».
Vino al mundo el 17 de abril de 1919 en San Joaquín, Costa Rica. La oscuridad de esta estrella empezó en su propio hogar. Cuando era niña, sus padres la consideraban «un bicho raro» porque no se comportaba como las otras niñas: vestía pantalones, no jugaba con muñecas y tenía una voz ronca.
El rechazo fue tan extremo que, cuando sus padres recibían visitas, la escondían en el gallinero o en el establo para que nadie viera a esa hija «extraña», como ella misma cuenta en el documental Chavela (2017), dirigido por Catherine Gund y Daresha Kyi.
El escape hacia la nada
A los 17 años, huyendo de ese entorno tóxico y de una sociedad que la señalaba, huyó a México con nada más que su ropa y su dolor. Durante años vivió en la miseria absoluta, durmiendo en las calles y trabajando como sirvienta o chófer para sobrevivir, y acabar convirtiéndose en una gran estrella de la música.
A estas alturas, posiblemente ya te imaginas que hablamos de Chavela Vargas.
La carrera de Chavela Vargas no fue una línea recta al éxito, sino una historia de resistencia, silencio y un regreso triunfal que pocos artistas logran experimentar.
El Desafío a la Tradición
Chavela llegó a la música no para cantar, sino para gritar su soledad. En un México dominado por el machismo de los charros con sombrero y voz potente, apareció ella, que no cantaba las rancheras como los hombres (con orgullo y potencia); ella las cantaba con la agonía de quien ha sido herido desde la cuna.
Se quitó los tacones, se puso pantalones y un poncho rojo, y llevaba el cabello corto.
En lo musical, eliminó las trompetas alegres del mariachi. Se quedó solo con su voz y una o dos guitarras, bajando el tempo de las rancheras para convertirlas en lamentos existenciales.
Su primer álbum, Noche de Bohemia (1961), la posicionó como la intérprete definitiva de José Alfredo Jiménez, el mejor compositor de rancheras. Juntos formaron una dupla legendaria de «parranda y dolor».
Los «Años Perdidos»
Debido a su alcoholismo severo y al dolor tras la muerte de José Alfredo Jiménez en 1973, Chavela desapareció casi por completo.Vivió en una pobreza extrema en un pueblo de Morelos, y muchos en la industria musical la dieron por muerta. Fue una década y media de silencio absoluto donde su leyenda parecía haberse desvanecido en el fondo de una botella de tequila.
El Renacimiento de la mano de Almodóvar
En los años 90, Chavela logró lo imposible: regresó sobria y con más fuerza que nunca. Fue «redescubierta» en un pequeño teatro de la Ciudad de México y luego llevada a España, donde el cineasta Pedro Almodóvar se convirtió en su mayor promotor (la llamaba «su musa»).
Almodóvar llegó a declarar: «…Me gustaría, por lo menos en las hemerotecas del futuro, que en cuanto a mi profesión pusieran: ‘Pedro Almodóvar, presentador oficial de Chavela Vargas’, y después ya que pusieran lo de cineasta…».
A sus 70 y 80 años, llenó el Olympia de París, el Carnegie Hall de Nueva York y el Palacio de Bellas Artes en México. Sus interpretaciones de «La Llorona», «Paloma Negra» y «En el último trago» se convirtieron en himnos universales del desamor.
En 2000, con 81 años de edad, expresó abiertamente por primera vez que era lesbiana.
Chavela murió en agosto de 2012, a causa de problemas crónicos en el corazón, pulmones y riñones, a los 93 años. Nos dejó su música inmortal. ¡Disfrutémosla!
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